Está en boca de todos con las más generosas loas. Woody Allen, por ejemplo, ha dicho: “simplemente, ha sido tocada por la mano de Dios”. Y es que la trayectoria y las dimensiones que está tomando el fenómeno Scarlett Johansson empiezan a superar los límites de lo humanamente soportable. Sintetizando, esta actriz de apenas 21 años combina con su innegable atractivo, un arrollador carisma escénico y una carrera que incluye alguna de las mejores películas del último lustro.
Especialmente brillan Match point y Lost in translation. En ambas surgió la misma mujer perdida en la nebulosa existencial, la primera como una femme fatale que queriendo manipular termina por ser manipulada, y la segunda a la deriva de la introversión y los silencios compartidos con Bill Murray, convirtiéndose en un auténtico icono generacional. Pero, ¡peligro!, tanta adulación, tanta exposición y ese repentino aire de diva que se gasta en la alfombra roja, empiezan a dar los primeros síntomas de irritabilidad en un público que busca en ella todo lo contrario. Y es que Scarlett pertenece a la estirpe de James Dean o Jean Seberg: la de los actores próximos que hablan por ti de tú a tú, no a los que trazan aparatosos sueños vintage de celuloide imposible. Téngalo en cuenta señorita Scarlata...
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