Cuando los días eran como espuma

El trauma post-adolescente: desde el primer choque con la adultez a la primera concesión que se le hace con la socorrida excusa de que, ejem, “ es que las cosas son así”. Vueltas y vueltas se le han dado a esa fricción vital y el filón parece no tener fin. Una de las más deliciosas miradas al respecto pertenece al escritor francés Boris Vian quien lo retrató, a su muy particular manera, en La espuma de los días (1947), un desgarrador relato sobre el fin de la inocencia.
Con prosa refinada y enorme poder emotivo, Vian narra la historia de dos parejas que habitan un mundo mágico de amor puro, despreocupado y aparentemente infinito. Hasta que, de pronto, la melancolía penetra en ellos como una enfermedad adulta que los va consumiendo y los diluye en la más pura fragilidad. La espuma de los días propone, bajo la superficie de una historia de amor genialmente salpicada con gotas de surrealismo, una abatida remisión a cuando éramos príncipes y princesas caminando, ligeros, por idílicas nubes de algodón en las que el “mundo de verdad” y todas sus rémoras (la envidia, los egos, el dinero, los codazos, el miedo al futuro…) aún no habían hecho acto de presencia. Miren alrededor, descarten el cinismo, y díganme si no dan ganas de volver allí.
P.D: "Aún habrá tiempo para evitar convertirnos en gente normal / evitar ser lo que nunca quisimos ser / así que vamos, ahora haremos lo que queramos hacer / todo irá bien, esta vez” ( Nadadora, "20000 veces")
